29 abr. 2011

Triste realidad en el Hospital Rosales


Mis crónicas
 
Por: Iván Escobar

Circunstancias de la vida está semana me llevaron madrugar el pasado martes, para donar sangre al Hospital Nacional Rosales. Llegue al nosocomio a eso de las 6 de la mañana, específicamente al área de Laboratorio.
En la entrada principal un grupo de personas –en su mayoría mujeres- con su tarjeta en mano, solicitaban un ingreso presuroso al vigilante privado. Un hombre de mediana estatura, enfundado en su uniforme y un chaleco negro.

      -    “Voy al laboratorio”, le dije al hombre que de inmediato con una señal nos indicó que hiciéramos una cola antes de ingresar.
   
      -      “Por favor hagan la cola (fila)”, reiteró en voz fría el hombre. El grupo de personas nos ordenamos y luego de verificar nuestra presencia, el motivo y colocar en la tarjeta respectiva la fecha correspondiente. Mientras que personal administrativo, médicos, enfermeras y estudiantes -practicantes- ingresaban rápidamente a las instalaciones para cumplir con su jornada laboral.

Al ingresar me encontré un grupo de alumnas de enfermería, quienes en uno de los jardines aguardaban para hacer su práctica diaria. Les pregunté en qué lugar estaba el Laboratorio del hospital, antela falta de alguien más a quién consultar. No supieron decírmelo, por el contrario dijo una de ellas: “nosotras también estamos perdidas”, unas sonrisas y continúe mi camino.

Iba tranquilo. Ya que la tarjeta que portaba para poder realizar mi donación decía: horario de 7 a.m. a 1 p.m., y faltaban como 45 minutos para las siete. Entre los pasillos encontré a varias personas, particulares y algunos pacientes. Presurosos otros buscaban el lugar donde les tocaba la cita, el examen, etc.

De pronto, le pregunte a una enfermera en qué lugar quedaba el Laboratorio. Me dijo: “sígame, por aquí”. Tras cruzar un par de pasillos, encontramos una gran cantidad de personas haciendo una larga fila.

La imagen me recordó a un mercado. El lugar oscuro, producto de un amanecer opaco, me provocó una sensación de saturación. “Aquí es haga la fila, después del muchacho de anaranjado”, me indicó la mujer señalándome al otro extrema de la fila que encontramos, en donde estaba una fila más chica.

– “Gracias!”, le respondí. Continúe mi camino y llegue a la puerta del Laboratorio, que una inmensa placa en la parte superior me advierte que fue construido con donación del gobierno de Alemania. Sus paredes lucen sucias, y mobiliario en malas condiciones. Ingrese y pregunte en una ventanilla, en que fila ubicarme para la donación de sangre.
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            - “Salga, y ubíquese en la fila de la derecha. Ahí donde está el señor de anaranjado”, me reiteró la trabajadora.  

Al salir me ubique, quedando en el 6º lugar de la pequeña fila. Esperando cerca de hora. En ese momento, pude apreciar la cantidad de personas que estaban al otro extremo, la mayoría eran mujeres, ancianos y provenientes del interior del país. Muy enfermos algunos de ellos, y pidiendo clemencia constantemente para que el personal les recibiera y realizará los respectivos exámenes.

La escena era terrible. Una encargada del laboratorio, intentaba sin éxito que las personas se tranquilizarán. Mientras les explicaba que el cupo del día era para doscientos cupos, de los cuales a simple vista eran superados por la cantidad de personas haciendo una larga fila. “Nosotros quisiéramos atenderlos a todos, pero sólo tenemos 200 cupos”, afirmó la mujer.

Las preguntas se repetían una y otra vez. Así como la explicación de los encargados del laboratorio. Mientras tanto, un hombre enfundado en una gabacha blanca, llegó a nuestra fila, que ya cargaba con unas 20 personas cuando el reloj marcaba las 7:02 minutos. Nos entregó unos números, sorpresivamente pase del lugar número 6 al 13, ya que algunas de las personas incluyeron a otras más en la fila, es decir la costumbre local de guardar el puesto al otro, ganándome el espacio.

A ese momento, no me preocupaba eso. Ya que seguía intrigado porque no sabía cómo iban a hacer esas personas para conseguir sus exámenes. Sobre todo los ancianos y ancianas que luchaban con la paciencia, cargando con sus problemas de salud y una posible respuesta negativa.
Alrededor de las 7:30 ingrese al Laboratorio, para la entrevista previa y la prueba que defina si estábamos competentes para donar sangre. Luego de esperar cerca de media hora más, me llegó el turno, salí de nuevo al lugar de inicio. La cantidad de personas a medida que pasa el tiempo aumentaba.

En mi brazo izquierdo, me dolía el pinchón de la prueba. Es más, me dolió más que el brazo con el cual done. El proceso lo concluí a las 8:45 a.m. las personas seguían ahí, en espera de una atención. Mientras salía del hospital, además percibí muchas necesidades en este centro hospitalario.

Sus usuarios son personas de escasos recursos. La verdad que no entiendo cómo un médico, una enfermera puede desarrollar su función cuando los servicios son mínimos o nulos, y las necesidades inmensas. En ese momento, pensé que era más que necesario que las autoridades de salud permitan sanear verdaderamente nuestro deteriorado sistema de salud.

Sé que hay esfuerzos, pero la verdad uno cuando llega considera que muchas cosas se dejan de hacer por comodidad de algunas personas y otras por falta de recursos. Y vino a mi mente la cantidad de dinero que ha recibido éste país en concepto de créditos internacionales, en materia de salud y aun no salimos de un mal sistema de salud público.

 No hay que permitir que estas injusticias se mantengan. Ya que de seguro hoy que escribo estas líneas muchas de esas personas que llegaron ese mismo día que pase por ahí, estarán clamando por la atención médica, el derecho humano al cual todos y todas las personas tenemos derecho a recibir. Es cierto que es gratis, pero eso no significa que sea de mala calidad.

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