5 sept. 2009

En la carrera por humanizar el tema de la violencia Poveda encontró la muerte

Patricia Meza

Redacción Diario Co Latino



Cristian Poveda era de esas personas que al platicar dejaba claro su pensamiento sobre la realidad. Su forma de acercarse a la gente, con esa sencillez y su pausado hablar, mostraban su compromiso social a través del humanismo de sus imágenes.


Proveniente de una generación que se caracterizó por la lucha por la justicia. Poveda tenía claro que caminaba por la delgada línea verde de los corresponsales de guerra. Esta línea que separaba dos sectores de una sociedad que son irreconciliables entre sí. Pero que para él, siendo “mediador”, podían llegar a un acuerdo y ponerle fin a tanta muerte y violencia.


“Los sucesos de Francia, en mayo del 1968, marcaron todo lo que hizo en su vida, fue allí donde tomó el compromiso social con la imagen, no solo por hacerla, sino para contribuir con algo”, comenta Edgar Romero, amigo y colega de Poveda.


Sin embargo, su lucha fue interrumpida este 2 de septiembre, cuando cuatro disparos acertaron sobre su rostro, dejándolo muerto en la calle serpenteada que conduce al cantón El Rosario, Municipio de Tonacatepeque, la cual fue recorrida por él en innumerables ocasiones.


El río Cañas, putrefacto por la contaminación, el camino polvoso y las milpas fueron los únicos testigos del asesinato, de un hombre empeñado en demostrarle al mundo que no es con represión y violencia como se solucionan las carencias de afecto de miles de niños, niñas y jóvenes que están inmersos en las pandillas.


Poveda, de 52 años, un español que nació en Argelia y que vivió en carne propia el exilio cuando sus padres republicanos tuvieron que emigrar huyendo de la guerra española, creyó que la paz era posible.


El no descartó del vocabulario de las pandillas la palabra “tregua” e insistió. “Si hubo acuerdos en febrero entre ambas pandillas, de no atacarse, esto demuestra que sí se quiere dialogar y encontrar la paz”, dijo en uno de los últimos conversatorios que tuvo en el Foto Café, al presentar su documental “La Vida Loca” ante periodistas, pintores y trabajadores del arte.


En esa presentación Poveda dejó pendiente algunos datos, hoy, su muerte nos obliga a adelantar la información que compartió con este vespertino. Uno de sus planteamientos más fuertes y que siempre defendió es que la prevención y la rehabilitación son instrumentos de cambio, pero que se habían quedado rezagados en los gobiernos de ARENA, por falta de voluntad política o por conveniencia a intereses oscuros de la misma derecha.


Y ahora tampoco podían echarse a andar porque no hay fondos para los proyectos de ayuda y tampoco hay expertos que asuman el reto de mejorar las condiciones de un sector que es marginado por la sociedad.


La Vida Loca de Poveda demostró que los integrantes de esta “clicas” son en su mayoría niños y niñas provenientes de hogares desintegrados, con falta de afecto que buscan en las pandillas la seguridad que no encuentran en sus vidas. Pero también hay adultos que son los que manejan los grupos y los presionan a matar para demostrar que son verdaderos pandilleros y donde la vida no vale nada.


“Ellos buscan identidad y estando en las pandillas se ven inmersos en el crimen organizado, un círculo difícil de romper”, dijo Poveda.


Él llegó a la Campanera, Soyapango, un territorio ganado por la M18 en busca de filmar un proyecto de rehabilitación para los pandilleros, una panadería. De allí que el eje del documental giró sobre el proyecto, pero se complementó con la vida y la muerte, los arrestos, los llantos y las tristezas de los pandilleros, de los cuales 7 fueron asesinados durante la filmación.


“Para hacer el documental hubo varias etapas de acercamiento entre ambas pandillas primero se trabajó con fotos, se buscaron los caminos, los personajes y como construir el guión”, dijo.


Hubo una discusión directa con representantes de cada pandilla, la MS no quiso porque recientemente se había terminado la filmación de “los hijos de la guerra” y a ellos no les pareció el tratamiento del tema.


“Yo llegué allí por ese proyecto…discutí con los palabreros entre ellos el “viejo Lin”, “Chino tres coras” entre otros y ellos me dieron el okey… yo estaba autorizado para filmar”, agregó Poveda.


Desde un principio el fotoperiodista estaba conciente de que durante la filmación habría asesinatos, pero su apego a la profesión lo mantuvo al frente. “Yo lo sabía”, reiteró, mientras recordaba que todos los miembros de maras están concientes de que podían morir en cualquier momento.


Poveda reconoció que fue difícil filmar a alguien con quien compartía todos los días y luego filmar su muerte en la morgue. Nunca encontró a tantos seres humanos carentes de afecto, que cuando alguien se interesa por ellos tratan de fortalecer una relación paternal. “Podían ser mis hijos todos…se me pegaban, no me dejaban, me llamaban todos los días”, agregó.


Poveda concluyó ese día en el foto café, que su trabajo sobre la vida loca era mostrar permanentemente el aspecto humano y social, no de delincuencia. Así como que no era con represión como lo hizo el presidente Francisco Flores y Antonio Saca que se resuelve el problema. Si no que había una opción, dialogar.


Para Poveda había que buscar otras soluciones, pero él mismo se preguntaba ¿Cómo? Si no hay plata, no hay recursos, se debe resolver con la gente que vive el problema y sobre todo se debe implementar la prevención y rehabilitación.


Así como la panadería de la campanera falló, y la PNC no mostró nunca voluntad de respetar a los que se rehabilitaban, como Poveda lo presentó en el documental y solo cumplían la orden de capturarlos, también la sociedad falló.


La Vida Loca iba a presentarse en Francia el 30 de septiembre, sin embargo, a 28 días de este suceso su productor fue asesinado.


En estos días las horas han transcurrido lentamente, los periodistas se han apostado, primero, en Medicina Legal y hoy, en Monte Elena donde el cuerpo de Poveda permanece en espera de sus exequias. También El Salvador vuelve a llenar las portadas y titulares internacionales.


Romero señala que Poveda le ha heredado al país los grandes íconos gráficos, en los años 80 los retratos de la gente campesina de Chalatenango que se sumó a la guerra civil le dieron vuelta al mundo y ahora genera toda una iconografía del fenómeno de la violencia juvenil, que para él solo era el producto de la globalización que generó las desigualdades sociales.


Poveda también deja tras de sí, sus años conviviendo con las pandillas, 16 películas, de las cuales la Vida Loca no fue comercializada, porque era para educar y concienciar.


Además , su trabajo fotoperiodístico, sus exposiciones, su enseñanza a las generaciones de periodistas salvadoreños, su testimonio y su vida como ofrenda, también una herencia incalculable, su lucha por humanizar la violencia y sobre todo su “compromiso de arriesgar su vida y saber porque lo hizo”.

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