30 ene. 2008

Y tú, ¿por qué no te callas periquito?

Por Néstor Martínez
Periodista Escritor

Entiendo que no sabés hablar, y que lo que dices es una repetición de lo mal hablado que aprendiste, y no por inteligencia, si no por la necedad de la repetición. Vociferas a todos los vientos las mismas palabras, el mismo idioma, todo el tiempo, cual castigo divino. Más de algún incauto cae en tu palabrerío inútil, y cree que por decirlas eres inteligente, cuando tu voz, si le podemos decir así a tus sonidos guturales, imita a la perfección algunas palabras del idioma civilizado.

Entiendo que también enseñas a otros periquitos, del mismo color, del mismo tamaño, del mismo origen, con igual bullicio, ocultos entre las mismas ramas, allá en lo alto para pasar desapercibidos, y quizá por mirar desde arriba creés que todos somos de menor tamaño que el tuyo.

Lo que me gusta de tí periquito, es que con un poco de azuzamiento te ponés a chillar, a sacar tu vieja caja de lustre, a darte a conocer tal como eres, muy lejos de la apacible imagen de periquito tranquilo. Lanzás estocaditas con tu piquito afilado, y lo cómico es que a veces te meten el dedo en la boca y por más que apreteés, porque no tenés dientes, apenas hacés una que otra cosquilla.

Otra gracia tuya es pasearte desesperado en la estaca, dentro de tu jaula dorada, a veces pareciera que meditás grandes males contra aquellos que se ponen a jugar con vos. Pero sé que solo es angustia al miedo de perder la masita y de vez en cuando un pedacito de fruta, de esa que sobra o se cae del plato principal.

Otras veces te agrada que te acaricien la espalda, y hasta entrecerrás los ojos zalamero.

Me llama la atención que a pesar de que tratás de morder, siempre te montás en el dedo del que te lo pone, y levantás la patita con las garras encogidas para prenderte bien y no caerte.

Te he sorprendido silvando, y muy fuerte, muy melodioso, aunque es raro que lo hagas, y sé que has aprendido sonidos también injuriosos como parte de tu gracejada.

¿Y sabés periquito? Todos nos reímos de cualquier cosas que digas, nos caes en gracia, sabemos que tu vocerío es inútil, solo para llamar la atención, para divertirnos con tus malcriadezas y tus gráciles piruetas en los andamios de tu jaula.

No quisiera ser la estaca en que te paseas, porque a cada rato la modisqueas, la zurras, la lames con tu viperina lengua, la aprietas con tus garras, la zarandeas a cada rato. Es la locura manifiesta del encierro y los locos me caen mal.

Pensaba periquito que a veces aburre tu vocerío, y por eso se me ocurría enseñarte a decir "¿Por qué no te callas?", encerrarte dentro de un cuarto lleno de espejos, y ponerte a repetir esa fracesita, si es posible para toda la eternidad.

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