13 ene. 2009

Una guerra innecesaria

The Washington Post
13-01-2009
Traducido para Rebelión por Ana Sastre


Por experiencia personal sé que la devastadora invasión de Gaza por parte de Israel podría haberse evitado fácilmente.

Tras visitar Sderot el pasado mes de abril y comprobar el grave daño psicológico causado por los cohetes que habían caído sobre esa zona, mi esposa, Rosalynn, y yo declaramos su lanzamiento por parte de Gaza como una acción injustificable y un acto de terrorismo. Aunque raramente causaban víctimas (tres muertes en siete años), la ciudad estaba traumatizada por las impredecibles explosiones. Cerca de 3.000 residentes se habían trasladado a otras comunidades y las calles, los parques y los centros comerciales estaban casi vacíos. El Mayor Eli Moyal convocó a un grupo de ciudadanos a su despacho para reunirse con nosotros y se quejó de que el gobierno israelí no estaba tratando de detener los cohetes, ni por la vía diplomática ni por la militar.

Sabiendo que pronto nos reuniríamos con los líderes de Hamás de Gaza y de Damasco, prometimos evaluar las perspectivas de un alto el fuego. A través del jefe de los servicios de inteligencia egipcios Omar Suleiman, que actuaba de intermediario en las negociaciones entre los israelíes y Hamás, supimos que existía una diferencia fundamental entre ambas partes. Hamás quería un alto el fuego total en Cisjordania y Gaza, mientras que los israelíes se negaban a debatir ningún otro punto que no fuera Gaza.

Supimos que el millón y medio de habitantes de Gaza se estaban muriendo de hambre, ya que el relator especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación había descubierto que la tasa de desnutrición aguda en Gaza ya igualaba la de los países más pobres del sur del Sahara y que la mitad de las familias palestinas sólo tomaban una comida diaria.

Los líderes palestinos de Gaza se mostraron evasivos en todos los puntos, apuntando que los cohetes eran la única forma de responder a su estado de encarcelamiento y de escenificar su drama humanitario. La cúpula de Hamás en Damasco, sin embargo, se comprometió a considerar el alto el fuego sólo en Gaza, siempre y cuando Israel no atacara Gaza y permitiera que los suministros humanitarios habituales se distribuyeran a los ciudadanos palestinos.

Tras dilatadas conversaciones con los líderes de Hamás en Gaza, éstos también se comprometieron a aceptar cualquier acuerdo de paz que pudiera negociarse entre los israelíes y el Presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, que también lidera la OLP, siempre y cuando dicho acuerdo fuera aprobado por la mayoría de los palestinos en un referéndum o por un gobierno unitario electo.

Dado que nosotros sólo éramos observadores y no negociadores, confiamos esta información a los egipcios, y fueron ellos los que se encargaron de la propuesta de alto el fuego. Después de cerca de un mes, los egipcios y Hamás nos informaron de la interrupción de todas las acciones militares de ambos bandos y del lanzamiento de cohetes a partir del día 19 de junio y durante un período de seis meses, e indicaron que los suministros humanitarios recuperarían los niveles habituales que existían antes de la retirada de Israel en 2005 (aproximadamente unos 700 camiones diarios).

No pudimos confirmar este punto en Jerusalén, debido a la renuencia de Israel a admitir negociaciones con Hamás, pero el lanzamiento de cohetes se interrumpió y se produjo un aumento de los suministros de alimentos, agua, medicinas y combustible. Aunque ese aumento sólo constituyó un 20% de los niveles normales. Y esta frágil tregua fue parcialmente rota el 4 de noviembre, cuando Israel lanzó un ataque contra Gaza para destruir un túnel defensivo que había sido cavado por Hamás dentro del muro que encierra Gaza.

En otra visita a Siria a mediados de diciembre, hice un esfuerzo por ampliar el plazo de seis meses que estaba a punto de expirar. Estaba claro que el asunto más importante a tratar era la apertura de los pasos fronterizos de Gaza. Representantes del Centro Carter visitaron Jerusalén, se reunieron con oficiales israelíes y les preguntaron si esto era posible a cambio del cese total del lanzamiento de cohetes. El gobierno israelí propuso informalmente la distribución del 15% de los suministros normales a cambio de que Hamás interrumpiera el lanzamiento de cohetes durante 48 horas. Esta propuesta resultó inaceptable para Hamás y brotaron las hostilidades.

Tras 12 días de "combate", las Fuerzas de Defensa israelíes informaron de que más de 1.000 objetivos habían sido bombardeados. Durante ese tiempo, Israel rechazó todos los esfuerzos internacionales para obtener un alto el fuego, con total apoyo de Washington. Han sido destruidas diecisiete mezquitas, la Escuela Internacional Estadounidense, muchas casas privadas y la mayoría de la infraestructura básica de esta zona, pequeña pero densamente poblada, entre la que se incluyen los sistemas que proporcionan agua, electricidad y alcantarillado. Valientes médicos voluntarios procedentes de muchos países han informado del gran número de bajas civiles, y los más afortunados pueden operar a los heridos a la luz de los generadores accionados con diésel.

La esperanza que nos queda es que cuando las hostilidades dejen de ser productivas, Israel, Hamás y los Estados Unidos aceptarán otro alto el fuego, momento en el que el lanzamiento de cohetes volverá a interrumpirse y se permitirá llegar a los palestinos supervivientes un nivel adecuado de suministros humanitarios, con el acuerdo público supervisado por la comunidad internacional. El siguiente paso posible: una paz permanente y total.

El escritor fue presidente de Estados Unidos de 1977 a 1981. En 1982 fundó el Centro Carter, una organización no gubernamental que promueve la paz y la salud en todo el mundo.

http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2009/01/07/AR2009010702645_pf.html

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