16 nov. 2007

Represalia contra un periodista cubano


Juan Marrero

El gobierno de Bush acaba de negarme la visa para efectuar una visita familiar a Estados Unidos.

Mi solicitud era diáfana: ver a mi madre, que vive en California y va cumplir 90 años de edad, luego del fallecimiento en abril pasado de mi padre, lo que aconteció estando yo en Canadá cuando realizaba unos trabajos periodísticos. Días antes, cuando supe que él estaba en una situación terminal, me presenté en el consulado de Estados Unidos en Montreal pidiendo una visa por razones humanitarias. “Debe presentar una constancia de los médicos que lo atienden en Los Angeles”, me dijeron. Esos documentos los solicité y llegaron a Montreal, pero ni los recibieron cuando vieron que yo era un ciudadano cubano y que residía en Cuba. “Debe hacer los trámites, me dijeron, en la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana. Aquí nada podemos hacer”.

El 7 de mayo me dieron la entrevista en La Habana. Pagué los 93 pesos convertibles para los trámites de visa, entregué los documentos médicos sobre la enfermedad de mi padre, advirtiéndoles que ya había fallecido, y que mi interés principal ahora era estar un breve tiempo junto a mi madre. No me rechazaron en ese momento. Se quedaron con mi pasaporte. “Ya le avisaremos”, me dijeron.

A la mayoría de los que no son rechazados en las entrevistas, los llaman a los dos o tres meses para devolverles el pasaporte con la visa. Mi espera fue de casi seis meses. Y he estado pensando si ha sido casual o no que haya recibido la llamada telefónica para que acudiese a la Oficina de Intereses al día siguiente de que la comunidad internacional se pronunciara abrumadoramente en contra del bloqueo comercial, económico y financiero del gobierno de Estados Unidos contra Cuba. Me llamaron el 31 de octubre.

Se ha tomado una decisión política para negarme el visado. Me entregaron un documento donde se señala que se me aplica “la Sección 212 (f) que autoriza al Presidente a suspender, por proclamación, la entrada a los Estados Unidos de cualquier persona o grupos de personas cuya entrada él considera sería perjudicial a los intereses de Estados Unidos. El 4 de octubre de 1985, el Presidente Reagan, por las autoridades que le fueron conferidas como presidente por la Constitución y leyes de los Estados Unidos de América, incluyendo la Sección 212 (f) de la INA, emitió la Proclamación 5377 suspendiendo la entrada a Estados Unidos de oficiales y empleados del gobierno cubano y del Partido Comunista”.

Días antes, como conocen los lectores de Granma, había escrito un comentario titulado “Con serio riesgo…” en el cual enjuiciaba el discurso del presidente Bush y, en

particular, hacía énfasis en dos aspectos: que en el espacio televisivo La Mesa Redonda se habían transmitido los fragmentos esenciales de Bush en uno de los salones del Departamento de Estado, y que Granma, al día siguiente, también los había reproducido en una página completa, y que no teníamos noticias de que algún cubano o cubana hubiese sido reprimido por verlo, oírlo o leerlo, tal como el inquilino de la Casa Blanca pretendía hacer ver en su discurso al señalar los “grandes riesgos” que correrían quienes en Cuba lo escuchasen o viesen a través de Radio y TV Martí .

Igualmente, en ese escrito expresé mi criterio de que era insostenible el planteamiento de Bush de que el bloqueo era usado por el gobierno de Cuba como “un chivo expiatorio de todos los suplicios que padece Cuba”. Repetí, en fin, lo que miles de veces, ha dicho el gobierno de Cuba: Levanten el bloqueo, quítennos ese supuesto chivo expiatorio.

Lo que he hecho en los últimos 50 años es ejercer el periodismo con ética, honestidad y al servicio de mi patria, mi pueblo y la humanidad. Los que me conocen en Cuba y, quizás, en algunos países del mundo es porque han leído parte de mi obra periodística. Los reconocimientos que me ha dado la sociedad, entre ellos el Premio Nacional de Periodismo José Martí y la Distinción por la Cultura Nacional, están vinculados a ese ejercicio. No he escrito ni una sola línea donde haya faltado a la verdad o haya buscado engendrar odio, incitar la violencia o las guerras, enemistar a los pueblos. Dentro de un periodismo de combate a favor de las ideas de justicia social he tratado siempre de ser lo más constructivo posible.

Me sorprendió, en verdad, de que se haya considerado por el Departamento de Estado que mi entrada a Estados Unidos perjudica los intereses de ese país. Es totalmente ridículo, absurdo e insostenible porque ni siquiera solicité la visa para ejercitar el periodismo, sino simplemente para reunirme con mis familiares. ¿Por qué se me aplica ahora la Sección 212 (f) y no se me aplicó en 1995 cuando me dieron una visa por seis meses también para visitar a mis padres? Entonces, estuve dos meses junto a ellos, y respetando el tipo de visa otorgada por el gobierno de ese país no hice en Estados Unidos ninguna labor periodística. Y entonces, al igual que hoy, era solo un colaborador del periódico Granma, no estaba en su plantilla fija, y ocupaba igual cargo de dirección al actual en la Unión de Periodistas de Cuba, que es una organización social y profesional que elige entre la masa periodística a sus dirigentes en sus congresos. No son nombrados de dedo por nadie, sino electos por el voto de todos los periodistas del país para que representen y defiendan sus intereses en la sociedad.

En este momento, ciertamente, estoy adolorido por no poder volver a reunirme con mi afectada madre y mis familiares que viven en Estados Unidos. Pero no dejo de comprender que es una parte del elevado precio que debo pagar por el derecho a defender públicamente mis criterios e ideas que, por supuesto, son diametralmente opuestas a los que hoy desgobiernan a los Estados Unidos.

La acción sobre mi visa la considero una clara represalia de la Casa Blanca y el Departamento de Estado por lo que he escrito recientemente en contra de sus políticas agresivas y hostiles hacia Cuba.

Hace pocos días, leí un artículo en el diario El Nuevo Herald, de Miami, sobre la existencia de una lista de más de 750 mil personas que son consideradas sospechosas de actuar “contra la seguridad de los Estados Unidos”, y entre las limitaciones que tienen está la entrada a ese país. Quizás mi nombre ya está incluido en esa lista. Lo que hace la administración Bush es muy similar a lo que hizo Hitler. Son, en fin, típicos métodos fascistas e inhumanos.

Es una lección que, contrario a lo que puedan pensar los que en Washington están obsesionados con acrecentar los daños al pueblo cubano, fortalece nuestra conciencia y nuestra dignidad. Brutales e inhumanas acciones como la que he sufrido, me hacen crecer mucho más como ser humano, como periodista y como patriota.

Decir la verdad, aclarar y protestar es el único camino que me han dejado Bush, Condolezza y la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana. Ese derecho no me lo podrán arrebatar jamás.

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